Fundación Argentina para la Poesía

CALVETTI, JORGE
A UNA LEJANA JUVENTUD
O
ENTRADA EN LA PENUMBRA
I

Ahora sé que no estás, que ya no eres
el loco sol, la luna presentida,
te he dejado entre vinos y mujeres
sobre la mesa de oro de la vida.

Ya no eres el amor y los placeres
-rosa de hielo, lámpara destruida-
hoy me encuentro con todos mis ayeres
en la penumbra de una despedida.

Antes era la luz. Eran los sueños
de vivir y gozar días risueños
con la radiante libertad del potro.

Ahora llegó, ha llegado la hora cierta,
miro en mis manos la esperanza muerta.
Yo amé. Yo fui. Yo quise, Ahora soy otro.


II

Soy otro ser que sueña con la vida
-ese país del que no supe nada-
como un viajero a punto de partida
que confundió partida con llegada.

No hay nada por hacer. Siento la herida
de esperar una muerte no deseada.
He de jugar a ganar esta partida
perdida ya, desde que fue empezada.

Ahora quiero vivir lo no vivido,
eso que puedo ser y que no ha sido,
quiero vivir y ya no encuentro el modo.

Y pasan estos sueños por mi frente
como pasa la gente, indiferente
a tu dolor, a mi dolor, a todo.
AMABLES FANTASMAS
Vuelvo de una reunión elegante,
de conversar con mujeres hermosas
y jóvenes con aire griego en su apostura.
Llenamos con palabras, con pasado y futuro,
tres o cuatro horas falsas.
Mostraban una felicidad constante,
como si fuera su casa la alegría
y la paz su verdadera madre.
Nadie tenía en su pensamiento, pensamientos.
Una de ellas,
que evocaba suavísimos pecados
me miró sonriente.
Yo leí en su mirada una verdad oculta:
que ella o yo podíamos morir en ese instante.
Quise entonces decir: Mis amigos, un día
todos habremos muerto.
Somos unos amables fantasmas que se miran,
se acarician o charlan, ya desvaneciéndose.
¿Por qué no ser amables, también, con el misterio?
¿Por qué no recordamos a la muerte?
Me miraban sonriendo.
Si la vida de veras los rozara
arquearían las cejas, levemente asombrados
y alguien, tal vez, diría, volviendo la cabeza:

¿Quién me habla?...
BALADA PARA MI MADRE
Doña Benigna, ¿dónde está?
Hace tiempo que no la veo.
Alguien me dice que vendrá
debe ser sólo mi deseo.

Muchas veces he preguntado:
Doña Benigna, dónde está
y después me quedo callado
y me envuelvo con mi orfandad.

Es el caso que hoy, sobre todo,
Doña Benigna usted no está.
Hoy cumplo años y de este modo
no soy más que mi soledad.

Usted camina por el cielo
me mira con inmensidad.
Eso puede ser un consuelo
más yo busco su realidad.

Su modo de pensar en mí
y de no pensar en usted.
Quiero la dicha que viví
pero usted, señora, se fue.

¿Qué hago con todos estos años?
que yo no quise ni busqué
Son cada día más extraños
y ninguno tiene un por qué.

Doña Benigna, estoy muy triste
no sé cómo voy a existir
y sin embargo, usted insiste,
sigue empeñándose en morir.
CARTA A MI PADRE
Los cielos caían cuando partí
y las estrellas se negaron.
Ahora juego con los recuerdos,
naipes ya muy gastados.
Quiero volver al aire transparente
y respirar en tu clemencia.
En la ciudad la mañana es herrumbre.
El sol, castigo.
Aquí sólo puedo mostrarte
mi destino estragado.
Tu hijo ya no se define de la vida.
Cuídame.
Pisa mi tiempo.
CARTA A MI PADRE
Así como el recuerdo de mi madre
pudo guiar a mi alma permitirle
pasos seguros en el más allá,
así, con no cansada mano,
con anhelo infinito,
tú me llevaste por la tierra.

Y ahora yo te guío,
criatura con un año de muerte
y te enseño a caminar a mi lado.
Padre mío,
aprende a caminar,
ven conmigo, acompáñame.
Sin ti no puedo soportar
esta batalla de ojos.
CONOCIMIENTO DEL CUERPO
La mano palpa en la frente
el contorno de la idea
y siente que el pulso crea
su propio existir consciente.

La frente en la mano siente
que la vida se recrea
y que el tiempo la rodea
como voraz forma ausente.

Es el cuerpo. Es el oscuro
cuerpo entregado al futuro,
cerrado, ciego, vacío.

Duramente el alma advierte
que a este lado de la muerte
hay otro reino sombrío.
COPLA
Como un animal voraz
la muerte me anda siguiendo
voy a entregarle mi cuerpo
y voy a seguir viviendo.
CUANDO LA NOCHE LLEGA...
Cuando la noche llega, baja el cielo
hasta tu piel y mira la hermosura;
la claridad que muere en tu cintura
y la umbrosa delicia de tu pelo.

Mira mi corazón y su desvelo,
mi sed, mi amor, mi amor y la figura
del deseo dormido en tu ternura
junto a tu cuerpo, junto al hondo cielo.

Que Dios nos mire así. Que la mirada
del viejo Dios contemple estremecida
al hombre amante, a la mujer amada.

Sabrá que sólo así transfigurada
soportamos su don: la pobre vida,
viva ceniza, muerta llamarada.
DE LA MANO DE DIOS
De la mano de Dios conocí el mundo.
Me recuerdo niño de tres años
corriendo atrás de todos
y llorando y riendo, como todos,
en un monte con flores altísimas y azules.
(Estudié en la ciudad
mas nunca estuve en ella).
Joven ya, trabajé como peón, con pico y pala
y abrí zanjas, en medio de la calle, en mi pueblo.
Huí después de una oficina
que me agostaba el alma
y trabajé en el campo.
Fui baquiano y arriero.
Conozco las serranías de mi tierra.
Sé que los ríos nacen de todo y nada
como el pensamiento,
sé curar animales por secreto,
y creo en el viento, alto y sonoroso
como las iglesias.
Lomo de mula y uña de caballo
me acercaron al cielo
y vi desde muy cerca
el inclinado vuelo de las constelaciones,
y escuché el canto de la Salamanca,
de copla indescifrable.
También domé caballos. Aún conservo una yegua:
La Loca;
sabe obediencia que le dio mi brazo
y yo por ella sé que el hombre es hombre
cuando logra dominar ciertas fuerzas
de los oscuros reinos naturales.
(Como aprendí después que debe
vencer a la divinidad del sexo
o simplemente al cuerpo,
ese animal de Dios, esa traición al alma.)
Y siempre fui feliz. En todas partes
la enorme boca de oro del sol
dijo palabras de oro que escuché con el alma,
y en noches prodigiosas, cuando la Vía Láctea
como un lento animal sometido al silencio,
cambia de posición,
sentí que el cielo y la montaña guardan para mí,
ternura y hermosura como las de mi madre.
Puedo evocar mi vida
porque a veces encuentro en los espejos
a aquel niño asustado entre flores azules;
a ese joven que trabajó en la tierra su dimensión de
amor
y se dio a ella;
al arriero borracho
que habló con su caballo como con un Ángel;
al hombre envejecido
que perdió la razón por la belleza.
Ahora cuido a mi padre
y voy por su presencia
como por un jardín espléndido
y me muero de amor por todo el mundo.
Por eso, estoy seguro,
de la mano de Dios vivo la vida.
DEDICATORIA
La poesía es más ardiente que tu risa,
es más pura que tus sienes,
más honda que tus manos,
más tenue que tu sombra,
más tierna que tu voz,
más música que tu alma
y es sagrada como tu corazón,
lo sé.
Pero déjame que la busque en todas las palabras
y que te la ofrezca
como Dios
cuando creó la alegría.
DÍPTICO DE VILTIPOCO

I
¿Es que el valor no duerme?... Aquí me tienen
las manos quietas y la lanza muerta...
Qué cacique soy yo. De dónde vengo,
que barro levantado de la infamia
han formado este pecho y estos ojos
que habrían de ser vencidos por el sueño!
¡Qué hacen mis dioses! ¡Dónde está mi fuerza!
Una tormenta me despuebla el alma.
¡Quiénes son estas sombras que me llevan!
...........................................................................
Yo pasaba brillando entre los cerros
y alcé veinte mil lanzas como un viento
que me iba a obedecer contra los blancos;
viví afilando mi odio y mi esperanza
de pie, como el rencor, todos mis años
y el cuero de una oveja me derrota!
Qué hacen mis dioses, dónde está mi fuerza,
dónde está Viltipoco, Viltipoco...!

II

El Sol, que era mi Dios, y me ha olvidado
alumbra igual la suerte y la desdicha.
Sólo tengo palabras. Con palabras
elevo mi desgracia como un templo
para guardar mi frente hasta que muera
lo que soñé. Pero no tengo muerte
y llevo mi valor como una espina
que no acabara de clavarse en mi alma.
Yo fui Curaca, Vindimai, Cacique,
hice la guerra contra el hombre blanco.
Atacama y los cerros de Humahuaca
miraban en mi escudo su esperanza.
Tuve cien leguas para ver mi gloria
y ahora estoy prisionero.
El Sol, que era mi Dios, y me ha olvidado
alumbra igual la dicha y la desgracia.
A todos llega el sol, pero mi sueño
es un Pueblo perdiéndose en la sombra.
EL BORRACHO
Se burlan y te saludan mofándose.
Si pudieran
verían que muchas veces
sus destinos también pierden el equilibrio y tambalean.
Si pensaran
recordarían una voz que dijo:
La tierra tambaleará como un borracho
y, al fin, comprenderían que mirarte
es prepararse para aquel momento.
Se burlan,
sin embargo están muertos
mientras tú sientes a tu cuerpo más vasto que la vida
y a tu fuerza más poderosa que su fuerza.
No entenderán jamás que bebes por amor,
para hablar con el mundo estando solo
y sonreir después como nadie lo haría
o también para llorar por él como nadie se atreve,
porque tú no sabes defenderte del mundo
y solamente lo amas.
Señor de la miseria,
sacerdote que oficias —tú también- con una copa,
ofreces a la noche tus ardientes palabras,
tus lentos ademanes y tu cuerpo caído.
Se burlan porque dices incoherencias...
Pero tú hablas con los ángeles
y hablarías con Dios, si apareciera.
¿Y ellos, los que te miran?
Oh puro y milagroso amigo,
¿quién ama tu poesía?
¿A quién ha herido tu lirismo?
Oh fraternal y aborrecido,
cuando todos te olvidan
te recuerdo,
salpicando con flores de vino y de tabaco,
de emoción y de insultos,
de lástima
y de gloria.
EL CANTOR
El hombre va a cantar.
Debe, por eso, preparar su instrumento.
Como una flor pesada, su cabeza se inclina
para escuchar. Y escucha
(mientras digita con presteza)
voces agudas como las de los pájaros,
graves, como el paso del tiempo.
Oye voces que deben acordarse
que una vez (alguna otra vez remotísima o próxima)
como dos que se aman, fueron un solo ser.
Y continúa escarbando
con dedos que parecen
los dientes de un roedor,
las agilísimas uñas del zorro
o de la comadreja,
puesto que es necesario entender
qué dicen esas cuerdas tan conversadoras,
cada vez más cerca de su temple, más seguras
de que es así, exactamente así, como se debe
hablar, o reír, o llorar.
Son agudas y graves,
pero se buscan, se persiguen, hasta que al fin
se unen como las bocas de los amantes,
como la mano del que va a morir
con la del ser querido,
como el cielo y la tierra en la distancia,
como el cuerpo y el alma.
Esto puede ser infinito, piensa, casi con angustia.
(Todo lo es, en verdad,
si sabemos oír, mirar, tocar).
El hombre ha inclinado, aún más, la cabeza,
escucha, escucha,
hasta que un hilo finísimo,
el silencio,
tenue como la vida, se corta.
Entonces
llega el canto.
EL DESEO
Está naciendo siempre
como el sol y la pena;
es turbio o transparente
como el agua y la niebla;
duele en el pensamiento
y en el recuerdo, quema.

Yo existo mientras duerme
y muero si despierta,
porque afanosamente
me busca, me pelea,
me arrastra por los cuartos
y conmigo se acuesta
y quedo hecho cenizas,
pesadumbre, tristeza,
después de haber gozado
¡oh espléndida miseria!
todo lo que la sangre
devotamente anhela.
A veces lo imagino
de una infausta belleza,
como una mujer loca
que loca me siguiera,
como un golpe de viento
o como un ala negra.

Otras veces es suave
como una enredadera;
con sigilosos pasos
de ladrón se me acerca
y delicadamente
llega como le llega
la madurez al fruto
o la luna a la tierra.

Contra él nada puedo;
le doy todas mis fuerzas;
para ver si me olvida
y de una vez, se aleja.
Me tiendo en el cansancio
como el mar en la arena
pensando que ya nunca
se acercará a mi puerta
pero él vuelve, acontece,
y me toca, y me besa,
¡Dios quiera que se vaya
y que no vuelva!
EL GRAN GILBERT
Tras haber recorrido por Europa tantos esplendores:
la perfecta Alemania, Roma o Zurcí,
en Barcelona
amigos generosos me mostraron
los recónditos lujos de Gaudí, de Picasso y Miró.
También el Barrio Chino,
donde el germen eterno de la Vida se enardece
hasta más allá de lo creíble,
donde ojos humanos tienen garras
y miran
y quieren herir la vida para siempre.
Allí, en una bodega, vi al Gran Gilbert,
un anciano procaz, de más de ochenta años,
que empolvado y pintado,
con un gran abanico de plumas
quería imitar a una vedette.
Con esfuerzo grotesco
cantaba y ensayaba penosamente el baile
entre las carcajadas de un público dispuesto a todo,
como a la risa y el aplauso,
y que, en el colmo del escarnio,
le arrojaba flores viejas y cigarrillos encendidos
que él agradecía con inclinaciones y saludos reverentes.
Con inmensa amargura (puedo decirlo ahora)
asistí al espectáculo tristísimo
como en una sombría alucinación.
Porque atrás del abanico, entre el humo y los gritos,
yo veía a alguien que no me era extraño
y a quien reconocía vagamente.
Hoy tengo la certeza de que aquella noche,
hasta ese sótano bohemio me condujo el Destino,
porque allí, como ante una ventana que diera al
Otro Mundo
o a una ignorada realidad más alta,
pude entrever esta verdad:
también nuestra vieja alma, amigos,
pintarrajeada y empolvada, disimula lo que es,
y vestida de buenas intenciones
quiere mostrar una apariencia de belleza.
No la vemos,
por eso nadie ríe, ni se burla ni aplaude.
Pero un día, como en aquella mágica bodega,
nos veremos las almas tal cual son:
tétricos fantasmas que agradecen la vida
haciendo reverencias, solemnes reverencias.
Hasta que Alguien ¡quién sabe desde dónde!
diga basta
y haga caer el telón.
EL RETORNO
Vengo a buscar la luz que me ha mirado
en el tímido tiempo de la infancia;
Vengo a buscar mi casa y su fragancia
y el eco de los cantos que he cantado.

Vengo a buscar el río colorado,
el imperioso azul, la honda distancia
los silenciosos sauces de la estancia
y el Cerro de las Rosas, perfumado.

Aquí están mis recuerdos más queridos
Aquí mi corazón y sus latidos
Aquí a mi madre, pálida, se nombra.

Vengo a buscarlo todo y a buscarme
Aquí estoy y estaré. Aquí he de darme
ya poblado de sombras a la Sombra.
EPITAFIO
No más rosas pesadas sobre el mármol.
Quiero oirte tan sólo: Allí está el poeta.
EPITAFIO DE LA CIUDAD DE ESTECO
Construida por los hombres
gastada por el vicio
y deshecha por Dios
yo fui Esteco.
Gentes de oro y lascivia
y el orgullo purpúreo del pecado
señoreaban en mí.
Hoy los pumas, el viento y la maleza crecen
donde el placer alzó su canto...!
EPITAFIO DE UNA CALANDRIA
Cuando todos vivían su contienda
arrebatados por el amor o por el odio
yo abalé a Dios.
Hoy nadie me recuerda...
Pero este caos de polvo, viento y muerte
que fui antes de nacer, que soy ahora,
ha engendrado un destino inmortal:
Yo abalé a Dios...
ESTROFAS DE LA TARDE
Oh tú que me contemplas con la actitud ardiente
de este instante que ofrece su tesoro al poniente.
Mira morir la tarde sin espada y sin grito,
la noche nos espera con su abrazo infinito!

I

Un tembloroso verde oscila en el follaje
donde la luz hacendar su áureo manantial.
El viajero arrebata el último celaje
y tiende una mirada verónica al paisaje
mientras Ixión oculta su castigo inmortal.

II

Nubes igual que mitos se posan en la tierra
y el misterio del hombre tórnase más profundo;
La silenciosa tarde como una flor se cierra.
Se inclina hacia la sombra la balanza del mundo.

III

Hermosamente juntos el tiempo y el destino
arden en el remoto fuego del horizonte;
se puebla de rumores y de almas el camino
que fluye hacia la nada como el viejo Aqueronte.

IV

Yo soy el forastero de ese reino que ampara
la belleza inviolable de una inviolable hoguera;
imagen fugitiva que el tiempo nos depara
de lo que atrás de todo, a todos nos espera.

V

El día, sentenciado como los hombres, muere
tras la gloria exaltada y joven del instinto.
Con hazañas de luz desde el azul nos hiere
y al fin es una estatua caída de su plinto.

VI

"Príncipe de Aquitania de la torre abolida"
contempla deshonrado la batalla perdida.


* Nació en San Salvador de Jujuy el 4 de agosto de 1918.
GLOSA DEL NADIE
De toditos mis hermanos
yo soy el más infeliz:
no tengo quién me recuerde
ni quien se olvide de mí.

Vengo de pagos lejanos
porque allá no soy querido;
soy el más aborrecido
de toditos mis hermanos.

Nadie pregunta por mí,
yo pregunto por la muerte
no quiere cambiar mi suerte
yo soy el más infeliz.

El dolor nunca me pierde
y el amor no me ha encontrado,
por eso vivo apenado,
no tengo quién me recuerde.

Cantando vine hasta aquí
oigan mi voz forastera,
que aquí no habrá quién me quiera
ni quién se olvide de mí.
GLOSA DEL SOLO
Noches de mi no dormir
días de mi padecer,
¡qué alivio puede tener
un destinado a sufrir!

No era yo para vivir
esta suerte de destino,
ayúdenme en el camino
noches de mi no dormir.

Les pido al amanecer,
ahora que viene clareando,
acompáñenme brillando
días de mi padecer.

Me tienen que sostener
después de todo el quebranto
pues sin ustedes mi llanto
¡qué alivio puede tener!

Capaz que tanto sentir
la vida como una herida,
le halle sentido a la vida
un destinado a sufrir.

(imágenes y conversaciones, 1966)
GLOSA I
Alma que pena y no pena.
Alma que llora y no llora
así dicen que es el alma
de la Juana Figueroa.

Así como pudo ser
de tantos y tan ajena,
así dicen que es la Juana
alma que pena y no pena.

Que se oye al atardecer
y otras veces a deshora
una voz diciendo que es
alma que llora y no llora.

Que encuentra en el fuego frío
y en las tormentas la calma.
(Lo mismo que era su cuerpo
así dicen que es el alma).

Mucha y poca, blanda y dura,
cielo y tierra, santa y loca,
así me han dado las señas
de la Juana Figueroa.

-Nadie buscaba aquí lo que encontraste:
la certeza,
por eso no estás muerta.
La carne mendigaba también entonces
y tú vivías en el destino de los hombres
como el viento que se envuelve, apasionado, en
los árboles
y siempre cede y calla.
Alma que eras un cuerpo,
acompañada y sola te verían,
como ahora que te nombro
mientras el tiempo te hace reverencias.
Cuando paseabas por el campo,
¿Fueron la fácil sed, el acto, los deseos.
las anónimas flores que hoy crecen en tu tumba?
¿Eras una mujer?
¿O eras como la vida,
una dádiva loca que todos devolvían temerosos,
porque enloquece, a quien, de veras, la recibe?
¿Eras la santidad, alegría de los otros,
o la inocencia que se ignora?
¿O creerías, acaso,
que era tu misión sobre la tierra
devolver, como las rosas,
la caricia del sol que les dio vida?

-Hombres igual que muertes
me llevaron callados;
como con una marca
con placer me marcaron;
y una noche de luna,
de galopes y abrazos,
destrozaron mi cuerpo
como se quiebra un vaso.
-Oh tierra donde todos sembraron
eras el todo-amor, toda-de-amor, por eso
lucero de infortunios,
la muerte recogió en los caminos,
los esparcidos días de tu corazón.

-La muerte como un hombre
se ha acostado conmigo;
pesa sobre el silencio
como un cuerpo dormido;
yo voy con la memoria
y los ojos perdidos,
hundiéndome en las sombras
de un país infinito.

-Porque amabas te amaron.
Tu amor era una antorcha
que los hombres alzaban para quemar tristeza.
Con ella se hacían señas
de cerro a cerro, de placer a placer, de pena a pena,
y un día —oh menesterosa- de quietud te vistieron
y tristes lunes para siempre.

-Voces color de olvido
me han robado los sueños;
nubes color de noche
me escondieron el cielo;
de todo lo vivido
sólo me queda un eco
que despiadadamente
me repite que he muerto.
GLOSA II
Ando ciego y vivo triste
porque siempre estoy pensando
que me sigue acompañando
la sombra de lo que hiciste.


Porque una vez me quisiste
ya no te pude olvidar
y hoy que te quiero mirar
ando ciego y vivo triste.

Yo te he de seguir amando
-esa es la ley del amor-
aunque crezca mi dolor
porque siempre estoy pensando

que hubo un cómo y hubo un cuándo
que terminaron conmigo
y hoy tu sombra es el testigo
que me sigue acompañando

Ando ciego y vivo triste,
ya no tengo claridad,
me nubló la humanidad
la sombra de lo que hiciste.
HABLA EL ALMA DE JUAN LAVALLE
Quise la calma y la alegría de la calma.
Quise vivir contento en mi casa
con mi mujer y mi hijo,
pero quehaceres de la Patria me llevaron por todos los
caminos
y fui vasto y migratorio como los vientos
y supe del fragor de los amaneceres y de las batallas.
Aprendí a pelear
hasta que alegre, contemplé el ímpetu mortal de las
caballerías.
Entonces quise ser más hombre que otro Hombre,
y anhelé horas duras
y un pecho jactancioso para mejor odiar a ese enemigo.
Cuatro balas me dieron la respuesta.
Ahora llegó el descanso, dije
cuando me tendieron en un zaguán que era como un
altar dichoso.

Pero mis camaradas
me llevaron y me trajeron atravesado sobre un caballo
y viajé sin paz entre los cerros.
Me purificaron en el Río Grande de Jujuy.
Yo anhelaba la calma de la muerte, la quietud y la
fresca sombra.
Fui enterrado secretamente en la iglesia de Huacalera;
poco después una creciente nos arrasó.
Ahora ya no me buscan y todos creen que he muerto.
Pero yo estoy aquí, junto a mis restos
velando mi propio abrazo amontonado.
El río me cubre y me descubre, me busca y me abandona
sin cesar y sin prisa.
El agua me hostiga, me pelea.
Quiero la calma.
HABLA EL DESCONOCIDO
DE LA COLUMNA DE TRAJANO 1
No preguntes quién soy.
Hijo de un trueno o del instinto, eso qué importa.
Sería lo mismo si dijeras:
lo ha creado un dios cuya memoria se ha desvanecido
o la noche
y los devastadores sueños de eternidad de los mortales.
Lo cierto es que fui un hombre,
respiré el aire libre, hollé la tierra
me resistí a los siglos
que lamen y que gastan como el mar y los perros,
y ahora estoy aquí, mirando
un vano discurrir de tardes y generaciones.
Pero he vivido.
Fui valiente y soez y miserable y generoso y bueno.
Conocí, esclavo, la invasión del miedo
que cunde como una tempestad;
conocí la pasión, que es adorable
y golpea el alma como una piedra, y pasa.
He muerto muchas veces
en las batallas y en los terremotos,
en los vastos pantanos donde Ovidio lloró
y los dioses lo olvidaron,
en las legiones, en las catacumbas.
No preguntes quién soy. Yo he de decírtelo:
soy el que hace la vida y la conquista.
Yo soy el numeroso, el simple, el olvidado y el humilde.
El que sabe que un día
llegará a ser el dueño de los días.

1 El friso helicoidal de la Columna de Trajano, en Roma, muestra bellamente labradas las efigies de varios emperadores y generales romanos. Una de ellas —quizá la más hermosa- no ha podido ser identificada. Por esta razón se la conoce como El desconocido de la columna de Trajano. Este poema procura, conjeturalmente, expresar a ese Desconocido.
HABLA UN SOLDADO DE LA CONQUISTA 1
Vine porque me pagaban
y yo quería comprar espadas y mujeres.
Vine porque me hablaron de montañas
resplandecientes
como un atardecer en el mar
y por el oro con que me iba a vestir cuando volviera.
Pero sólo encontré flechas envenenadas,
humedad y mosquitos.
Conocí el terror, noches sigilosas,
indios vestidos con su belleza siniestra,
la fuerza de una tierra que nos doblegó
como la sed a los animales,
y la móvil mortaja de la selva.

.....................................................................................

A bordo alguien habló de "honor".
A bordo
hablaban y rezaban con lentas manos sobre libros
de oro.
Con esas manos se ayudaron el grito y la desesperación;
con esas manos escarbaron la tierra que nos iba
a cubrir.

Alguien habló de "historia" y de futuro;
yo sólo pienso en lo que perdí.
Creo que todo es igual,
las mentiras que nos dijeron y las verdades que
encontramos.
Siempre habrá tontos que vivirán de palabras,
y siempre el mundo mezclará en la misma indiferencia
la vida, que en el olvido crece,
la gloria, que se arrastra,
y la codicia laboriosa de la muerte.


1...Era de ánimo robusto y licencioso de costumbres, por eso no mereció ventura en la California ni en Ida de Higueras ni en lugar alguno desde que llegó a conquistar esta tierra.
Se confesó públicamente con cinismo y blasfemia; Dios le perdone sus pecados y a mí también, y me dén buen acabamiento, que importa más que las conquistas y vitorias que hubimos de los indios.

BERNAL DÍAZ DEL CASTILLO
(Verdadera Historia de la Conquista
de la Nueva España)
INSCRIPCIÓN EN LA PUERTA
DE UN CEMENTERIO
Hasta aquí llegan la juventud en llamas,
la belleza, la vejez insaciable,
la inocente locura
y el placer, siempre joven.
El pasado, el pavor, el porvenir
pasean por aquí.
Soy el fastuoso pecho de la muerte.
Soy el indiferente.
LA BASURA
Yo saco la basura a la calle
envuelta con papel y cuidado.
Quedan allí, mezcladas, las sobras de la vida,
cáscaras del tiempo y recortes del alma.
Las dejo en la vereda con tristeza
porque son restos de fruta, de comida
y de literatura
con las cuales
uno jugó a vivir o se creyó existente.
Y también porque, acaso, sin nosotros saberlo,
alguien nos haya envuelto
con papeles de cielo, con nubes de cuidado
y estamos a la orilla del universo
y nadie nos despide.
Por eso,
yo saco la basura, la dejo en la vereda,
y le digo adiós.
LA JUANA FIGUEROA
NOTICIA
La Juana Figueroa nació a fines del siglo pasado
en Salta y allí fue asesinada por su marido, hace más
de cincuenta años.
De ella se dicen muchas cosas: que era hermosa,
que una gran bondad habitaba en su alma, que no
fue fiel a su hombre, que no pudo dejar de ser fiel
a sí misma.
En verdad, nada se sabe con certeza, salvo que
vivió y murió como si cumpliera un extraño designio.
El pueblo de Salta hizo de ella un mito. Le erigió
un túmulo junto al cual acude, numeroso, a rezar.
Los lunes, día, como se sabe, consagrado a las almas,
la luz de muchísimas velas ilumina su nombre. Rinden
estos tributos de fe, gentes de toda edad y condición:
niños que anhelan aprobar sus exámenes, desolados
amantes, enfermos sin remedio.
Dicen que la Juana ha hecho muchos milagros, y
que los hará.
Impresionado por este personaje, el autor quiso
escribir un poema interpretándolo. Hoy está más impresionado
aún al comprobar que sin haberlo imaginado,
el poema se convirtió en un diálogo con aquel.
Porque las palabras que se leerán en boca de la Juana
pertenecen —podría jurarlo- exclusivamente a ella.
Respecto de las glosas debo decir que la primera
de ellas aspira a describir, a expresar algo sobre la
Juana y la segunda, conjetura lo que pensaba su marido
en la cárcel donde permaneció hasta pocos años
antes de su muerte.
LA NADA, EL VIENTO, LA VIDA...
La nada, el viento, la vida,
la noche, el viento, la nada,
una sombra alucinada
en la soledad herida.

Nunca en sí misma perdida
como una fuente sellada;
sólo una imagen soñada
y viento y sombra, la vida.

Pobre inmensa llamarada
que se extinguió enamorada
y que jamás fue creída.

(Como una mano dormida
un alma toca mi vida
y mi corazón, la nada).
LA PLATA, 1962
Si alguien
-ya apagada la tarde-
mientras camina por calles de La Plata
mira hacia el río,
observará que un resplandor
como de incendio que se encona
ilumina el cielo con temblorosa luz.
Es una llamarada, me explicaron,
que desde hace treinta años
flamea en una destilería de petróleo, en Ensenada.
Ayer, cuando regresaba a mi casa,
ya en el filo del alba,
no pude sustraerme a su mágico poderío
a pesar de haberla mirado muchas veces;
y a esa hora en que todo es incierto
y no sabemos si nace o muere el día
o si la noche se hará eterna,
en ese vano y arduo
y arrebatado y silencioso arder
vi un símbolo de nuestra patria en pena.
Mirad:
lucha en el tiempo como el hombre lucha
preferido por la indiferencia, la avidez,
la despreocupación;
igual que la pasión, vive abrasándose,
se mueve como la lengua de los insidiosos,
como la gloria buscada, se inclina y obedece.

Basta detenerse un momento
frente a ese extraño fuego,
ante ese lento humo
que se dispersa como una multitud,
para sentirse el visionario
de un íntimo existir.
Y me pregunto:
¿Por qué toda visión de una energía inútil
me hace pensar así en mi vida y mucho más aún,
en el destino del país?
¿Por qué ese pensamiento
y la ciega certeza,
de que esta llama inexplicable y sola
arde como nosotros,
para nadie?
Oh dolorida patria,
oh amigos,
¿el fuego de la verdad ya está juzgado
y tendremos que callar para siempre?
Oh hermanos,
¿hasta cuándo
esta llama demente, esta ofrenda al vacío,
esta vasta inconciencia?
MAIMARÁ
Este es mi pueblo.
Su nombre quiere decir: Estrella que cae.
Hasta aquí llegan pocas noticias del mundo.
Recibo cartas de mis amigos; me dicen que todo
marcha bien,
que en algunos países se vive una vida verdadera
y que en otros, la esperanza crece.
Yo no sé nada. Me alegro por momentos
y me encierro otra vez en mi pueblo.

Todo me habla de soledad.
El viento sacude las noches como árboles.
Los mismos pájaros despiertan las mismas mañanas.
El tiempo golpea las casas
y las casas golpean contra el tiempo.

Aquí he vivido mi infancia.
Era feliz. Ignoraba hermosamente la vida.
La infancia...
Los recuerdos más viejos vagan por la memoria
como doña Melchora por el pueblo.
Tiene ciento cuatro años. Habla sola, como los
recuerdos.
Cuando me ve, me dice: buenas tardes, maestro...
Aquí estoy,
buscado y dejado y encontrado por el amor.
Pero no creo que pueda hablar de soledad.
Todos tenemos mucho que hacer en el mundo
y no hay tiempo para estar solos.

Es que el futuro está subiendo desde el fondo de
la tierra,
lo veo crecer en mi hijo. Me mira con los ojos
de mi hijo.
Si, ya lo sé. Son hermosos los carnavales y los pájaros
y la fastuosa inocencia de los pájaros...
Pero sé también que el canto y la alegría y el coraje
de muchos amigos del pueblo
están durmiendo en una botella de vino
y nosotros tenemos mucho que hacer!

Yo, por lo menos,
trataré de luchar con mis palabras.
Tengo que decir a mis amigos que no estamos solos
y que debemos trabajar para que el mundo sea mejor.

Este pueblo es muy chico.
Un carnavalito puede envolverlo.
El galope de un caballo es demasiado para él.
¡Qué hermoso sería levantar su estrella
y llamarnos, con verdad, hermanos
en un mundo sin injusticia!

Mi pueblito es muy chico.
Así deben ser todos los pueblos chicos del mundo.
Por la calle de mi casa veo pasar la vida:
la desgracia, el amor, la humildad, los borrachos...
Pero creo que nadie piensa en nadie.
Nadie sale de sí mismo.
Todos, casi todos, están ahogados en ellos mismos
y es necesario cambiar.

Aquí todo sigue siempre igual...
Si subiera a las cumbres, estoy seguro,
vería pasar los años
como esos perros que acezando y husmeando el
miedo pasan
interminablemente ocupados en sus sensaciones
y eso no puede ser, no puede ser!

(Solo de muerte, 1976)
NECROLÓGICA
Tomo un teléfono enlutado
y llamo adonde está la muerte;
el llamado como una mano
se extiende infinitamente;
atraviesa la ciudad toda:
avenidas, barreras, puentes,
y llega junto a un destino
en el que nada más sucede.
Llegan mi voz y mis preguntas.
(No tengo tarjeta de pésame).
Allí está la muerte sola.
(Sola, aunque rodeada de gente)
El señor nació... me dicen,
yo anoto cuidadosamente.
Todos buscan en la memoria
los serios honores terrestres:
medallas, banquetes, diplomas,
lo que olvidamos diariamente.
(Nadie sabe quién sabe menos:
los que hablan o el indiferente).
Sigo anotando lo que me dictan
que es, más o menos, lo de siempre.
Luego escribo unas pocas líneas
en las que caben vida y muerte.
Y después corrijo las pruebas.
No puedo corregir la muerte.
OIDO EN UN CEMENTERIO
Desde la degradación y la carroña
te saludo
hijo de Dios que pasas creyendo que te alejas.

(Memoria terrestre, 1948)
POEMA ENCONTRADO EN LA TUMBA DEL CACIQUE INCAICO DE JUJUY
Alguna vez, al discurrir los siglos,
igual que el viento a la liviana tierra
la mísera memoria de los hombres
se acercará hasta aquí. Vendrán a verme
y ofenderán mis huesos y mi sombra
las espectrales manos de la historia.

Yo, el de Jujuy, ordeno para entonces:
Dejadme en paz. Yo he sido un hombre
igual a todos, como todos, vano;
buscadme en el ancestro de mi pueblo,
en la raíz de un grito de pelea,
en los espasmos del placer o el odio,
en el temblor final de la mirada
de un hombre de mi raza. Allí estoy yo.
Este gastado polvo es nadie y nada;
en el futuro se erguirá de nuevo
pero no seré yo. Yo ya estoy muerto.
Mi eternidad es esta piedra rota.
SEÑORA DE LOS CÁNTAROS
Heredera del oficio de Dios,
grave señora
que trabaja con el barro del mundo,
que moldea con perfecta inconsciencia
un cántaro, una olla, una vasija.
Señora,
su silencio, su quietud que anonada,
su soledad,
más vasta que el silencio nutricio que la envuelve
me han asomado a una verdad:
usted y yo,
y tantos en quienes pienso ahora
somos, también, la Patria.
Esa que nadie —de tan simple-
ha podido entender.
Usted, señora, y su rebozo,
son pedazos de tierra americana;
lo he descifrado en sus imperturbables ojos,
en las arrugas
con que la vida va escribiendo vida
junto a ellos.
Recorriendo el desierto de su mirada
he podido pensar, sentir el alma
de esta parte de América;
y ahora creo que su asombro;
y creo que su silencio
-que ha atravesado fragorosos siglos-
y el miedo de su alma,
arrinconada en no se qué pedazo de su cuerpo,
son la Patria.
Señora,
usted trabaja lentamente sus cántaros;
nunca supo por qué
y sin embargo, eso tiene sentido.
Usted, sus cuidadosos dedos
moldean esta tierra
-es un cántaro, un plato, una vasija-
pero en ellos
una delicadísima línea de su alma
marcada en un perfil, me muestra
a un ser americano
que con ojos de piedra y paz de piedra
está mirando el mundo,
está esperando que alguien
quiera escuchar
e interpretar,
señora.
TÍTERES JAVANESES
Siempre he visto en los títeres
-grotescas figuraciones de la vida-
a la misma vida.
Sus rasgos, crasos o exagerados, bien pueden
corresponder,
(lo he pensado siempre)
a formas que no vemos del alma.
¿Cómo sería —conviene preguntárselo-
un retrato del deseo,
infinito en sí mismo. desmesurado, loco;
o el rostro de la pasión, el miedo o el odio,
que como el tiempo, pasan por el alma,
la deforman o alteran?
Ayer, en casa de un amigo,
vi títeres javaneses.
Delicados, finísimos,
me evocaron imágenes de Shiva o de Visnú
que mi infantil memoria recogiera.
Muy hábilmente manejados
remendaban nuestros gestos y ademanes.
Cuántos vivimos, dije,
y juntamos las manos para rezar
como esos muñecos delicados ante el altar de nadie,
cuántos creemos que cercanía es amor
o que un saludo puede llegar al cielo...
Nosotros sí que somos figuraciones de la vida.
(¡Cuánto de ti, de mí, se va, se desvanece,
en el espejo de la indiferencia!)
La mentira del mundo es vasta.
Quiero aprender de las flores, de las nubes,
o del viento, acaso,
otro modo de amar y destinarme,
no de títeres javaneses
que duplican el error,
y hermosos y falaces, como la vida,
engañan tiernamente.