MANSELLI, ÉLIDA
1

Una noche ondulada de gritos lejanos venía a traerme una
mano sobre el corazón: mi paso concreto.
Una mano de fuego que se extendía como una caricia de todas
las sustancias.
Yo había rozado uno de los caminos de la fe y ahora esa mano
era mi caballo con el universo plácido sobre él.
En el fondo de la gran cuenca, sosteniéndose difícilmente por la
boca, trataba de sobrevivir al margen de la tormenta, que dejaba
el cielo sin pies y estrellas, sin reunión
sobre la tierra.
Ya nadie pasaba ni se quejaba, el orden era una vaga idea que
discriminaba el universo.
La desidia cercaba los besos de la noche, cercaba el aliento
de agua mansa y verde con que se había vestido el diablo, y
muchas frentes sin iluminarse.
¡Juncos y cinceles mezclados con los siglos!
¡Pérdidas y especies ocultas sin iluminarse!
Debajo del agua, no era siquiera el mundo una suave corriente de curiyú.

1

¿Sientes la caída del árbol en esta ciudad sitiada?

Mira el alba
la redención
las lápidas en el follaje y las
horas vividas.
Mira los rostros del elogio y el deslizamiento del oro fuera
del Universo.
¿Dimos todo lo posible?
Quedaba poco por verse, sólo el enrojecimiento del árbol
en las alturas.
Nada llegaba a quemarnos, nada a cifrarnos, sólo el roce
de los tordos, sólo el camino y sus animales.

¿Pero quién sabrá la justa posición del árbol, quién el
pacto con los ecos lejanos, quién el estupor de mis extrañas beldades?

Sabes la caída del árbol es un sonido perdido y nuestra
compañía a veces.
Y la alegría un diálogo con todas las especies dentro del
Cosmos.

1

Entre y cierre la puerta que detrás vienen los presagios.
Aquí no encontrará más que tristeza y pequeñas fatigas
azules buscándose como torres a larga distancia.
Entre y ubíquese en diagonal a las pesadillas, que para
estar tranquilo basta hacer el pan diariamente sin pausa y retribuirlo para no quedarse solo.
Voy a encender el espectro del bosque.
Necesito una mirada que pueda más que el agua, que el
dominio del tiempo sobre la inteligencia, que ese fuerte dolor a aguacero en los sentidos.
Siéntese tal cual ha nacido, con pocas palabras, que hoy
descubrí un capullo con diez años de antig�edad y conocerá usted la belleza que nunca ha entrado por los ojos.

¿Siente el roce del planeta?
Pronto desplegará el cielo la fila de perdices, esos
privilegios de invierno en los campos.

Esta soledad que prepara el ángel.

2

Hablo de un paraje reducido a dos puntos de inmensidad.
Silencio:
nada puede alcanzar las trenzas del diablo en la
casuarina.
Día y noche están el follaje o la niñez abiertos
sobre una blanca mano por la estrella del bien.
Día y noche y sol de espesura en una tierra alargada hacia el sur por verse mágica.
Es el tiempo de los sonidos inferiores.
Entonces hablo de un grito de virginidad sobre los ojos al
gusto de los pájaros y de un rostro para no retroceder que
no se parece a ningún reflejo.
De Gracia — Torcaza

3

¡Malhaya cielo perdido!…
Montes olvidados, mandarinos en cruz, secretos en lo hondo de la traición.
He vuelto por el sonido de mi infancia, aquél potrillo
asustado del viento de los fantasmas, potrillo
siempre del profundo timbal, de la geología que cantaba
en el color del silencio.
Y todo lo guardé.
El brazo iba cayendo como una larga nube.
Destino brazo sellado por Dios, Dios Surgente, DiosAparejo
de mi estancia pura, pupila para mi edad.
Cuando yo formaba cuerpo en infinitas sustancias, cuando
la sustancia encarnecía el aire, el alma con más
justicia aún, yo sabía ser sabiduría mejor retorno de la
vida.
Sabía ser la rendición del ave, en la hora que su sombra
mece al sauce y se escucha al agua abrirse y
temblar.

4

Ave de la pereza
tordo
chajá.
Ruido de la serpiente, partes de ángeles, alazán manos
blancas y la exactitud del aire. ¿Y la exactitud del aire?
He venido por ese tajo que florece sobre la frente, con el
oído sobre todos los oídos de la inmensidad.
He sentido la vida como la muerte sin ninguna venganza.
Sauce que mira largamente el orden, cuervos, testigos del
rastro de la conciencia.
Todo arde como un golpe en el viento del mundo.
En el encierro del fuego una especie levanta el camino hasta
los madrigales.
Una especie pegada hueso tras hueso en las claras durmientes
del cielo.
Aquí donde el Renacimiento vuelve al fuego de los
renacimientos, el agua dura sonríe a la pradera,
al engranaje, al declive…
Viendo el poro abierto de la reflexión sobre la tierra.

7

Me detuve con la mirada y conté cada hierba del nido.
Donde pasaba el reloj todos los días y la caricia voladora
dejaba nuevas clemencias de luz, en lo profundo del silencio.
Salí del nido con el embrión vegetal sobre la frente.
Volé busqué cuatro caminos, porque estaba la razón fijada
sobre mi plumaje antiguo, que sabía del sufrimiento del
árbol, del animal, del crecimiento plata pura de las palabras
nuevas.
Volé construí mejor los ojos, compartí como pude
las nacientes del espíritu, las sensaciones de noche
y de tormenta, la ciencia en el amanecer.
No fue la razón sino la dalia del espacio, la que hizo de
todos los paisajes mi nido.
En la rara pendiente…

AIRE DE SU GIRO

Abres los ojos en la pesada agua del mirar.
Caminas el borde más difícil,
Y tanto es regocijo como pena,
aluvión de formas y colores
que te sitian y deslumbran,
y tanto es tu sombra y la mía,
solitarias cada una
ordenadas cada una
en una vertiente desorbitada.
Abres las cajas olvidadas y colocas designios y rumores,
destellos de antiguos caminantes perdidos,
besas las flores que murieron
y las que nacen en el gesto
de la bailarina hechizada del aire de su giro.
Resumes los tientos que cuelgan cada mañana
de la luz
y trenzas una palabra cada día,
afirmas y desoyes
y unes los árboles perdidos,
la mirada azul de mi alazán
y un carillón caído en la arena.
Aspirarás a deshacer la trama,
a cautivar fogatas en los vuelos tajantes
de la aves nocturnas,
reirás con tu brillo, tu entraña, tu plegaria.
El temor abrirá tu vida,
verás lo despiadado e inútil,
lo imposible e intenso,
esperarás la sombra de los otros,
explorarás planicies y fermentos
de aguas profundas y memorias.
No cubrirás tu rostro,
de tus poros irradiarás otros que vivieron
y reinaron
en la pesada agua del mirar,
no escaparás al mundo,
sólo tendrás el orden de tu cuerpo, el esplendor de la lámpara,
sostenida por el rigor de tu pensamiento.
a mi hijo
Lucio Leonardo Madariaga

AZAHARES PARA MI ALAZÁN

Cabalgaremos al alba.
Déjame enjaezarte con las primeras aguas
de los manantiales que hoy coronan tu sangre.
Para el viaje cortaré azahares
que defenderán
arrullarán
rezarán
a nuestra sombra viva.
No encerraremos las penas del pasado.
No libraremos batalla,
no construiremos días ni manadas,
sólo arderemos dentro de la niebla
que a veces te ocultará,
aunque yo marche a corta distancia
de tus relucientes crines.
Mientras galopamos hacia el infinito de tu nido,
las flores nos embriagan,
desconocemos los cuerpos que resbalan
siempre tarde a nuestro paso,
ahora que rozas el todo después de la nada
que juntos intentábamos florecer. Estamos en el centro del alma
con algunas almas posibles,
como si tejiéramos el arma celeste
ascendemos encantados
desencantados
del hálito que respira en las cenizas,
el áspero sueño de humanidad aún pendiente.
Atravesamos el rodeo del silencio,
lejano abrevadero que muda su espacio
de extremo a estación sin flor.
La mirada más dulce de los animales
llega de los latentes,
cercanos campos latinos.
No abandonaremos el paraje,
un destello de Tarquinia traza en la memoria
mi infancia última, la inocencia,
mi entendimiento de los otros.
No destruiremos el son,
el ámbar de mi sinrazón,
al abrigo de un sueño de los mandarinos.

CANTO PRIMERO

Caballo alazán
canto asirio en las ventanas del mundo.
Yo tengo solamente ríos en tu frente, que van del lago relieve a la cintura de mi razón.
Cuando salían las embarcaciones, los puertos te dejaban su paz y allí olías el terror desnudo del océano y allí dios te arrancaba de tu sueño ligero.

Pasaron vientos diversos por tu espacio
entre tanto sueño virgen.
Llegaste…
si lograras recordar.
El hombre salía de su armadura y en las velas el viento dejaba pasar su puerta.
Un paso en la greda, donde infinitos destinos se cruzaban, como el ave de barro.
¡Qué nube pesada cayó sobre mí!
Tomé el color de los carros que había visto en mi infancia,
Flechas Babilonia.
¿Qué nube, cuando recobré la atmósfera surgió de las sombras?
Desembarqué…
si lograra recordar cruzadas, fortalezas, cansancio, odio, espuma.
Los rasgos de los tiempos me quedaban marcados, grabé día y noche el nuevo rastro.
Yo, que entré en los cañadones perdidos por la dulzura del aire y no pude escapar al cielo, con la lanza en mi costado cruzando la aurora.
Pude dormir porque todo lo crucé, galopando como un diablo coronado de escamas cobrizas.
En el valle la tribu descansaba y yo bebía de todos los inciensos ángeles.
Me alisté para la guerra en la flor del aire, para los conjuros en voz baja y aquellos alaridos, aquellos tambores…
Después el sudor cayó sobre mi anca con las últimas luces buenas.

Silencio vastedad…
el trueno que de noche me quiebra es alivio y templo para mi sencilla sed.
Porque encontré el eslabón de la verdad.
Si lograra recordar aquél canto.

CANTO QUINTO

País de fiebres
ven a contarme tu martirio.
País aguijoneado por el sol sin quimera.
Ven acuérdate de la mano ámbar que pasó sobre ti en una lucha secreta.
Acuérdate del dulce y riguroso animal que cantaba el único mediodía con brazos y destinos trazados por la conciencia.
No había llegado la geometría más que al designio del viento, el arroyo sembraba de mapas la tarde que enrojecía de naranjos.
Acuérdate que estaba la salvación prevista, el paraíso montado en brillantes almas.

Ahora todo estaba ausente.
Ya no pude conocer ese disco que detenía la respiración en la noche, cuando yo avanzaba en la gramilla mi sed de alturas.
¿Qué era, tan blanco en la quietud de los infiernos?
Solía posarse sin temor en lo alto, como una palabra demasiado perpleja del infinito.
… la boa era más vibrante en la espuma y los nidos sabían hundirse más en sus pensamientos.
Yo giraba sobre mis crines bebiendo sin reservas.

Mis amapolas van cayendo a un vacío helado, rodeadas de la agonía de las especies.
En el alba el frío me descalza los últimos leños, oh el rigor es muy duro para mis ojos y el árbol.
No tengo reparo en el aire del sol perfecto, mi viaje interminable no se recuerda ni como oración.

Mis amapolas van poblando la esfera eternamente inconclusa.
Aquella torcaza que me dejó sus huellas, cómo trinaba en silencio…
Un resorte, un gran peso toda la vida por el vasto yacimiento de un sueño, en una llanura que se retira lentamente a sus orillas.

CORRIENTES LEVES

Entre corrientes leves, azulencas, que una boa cruza
y decapita con su peso nocturno.
Perfumes a paja, agua y atmósfera.
Rostros de la brotación que la noche guarda.
Rostro principal del Universo que asombra al día,
que extiende su sitio y cava, cava con demasiadas
muertes la vibración del aire.
Yo y mi caballo que arde por la costa en una última señal,
que roza la piel de la guayaba hasta danzar
en las desgracias ocultas.
Mi hermano del capullo enredado en caricias de rodeos
oscuros, en caravanas de la memoria por montes
y arenas en paz. Entre alas y males el árbol y el vellón caídos
todo el invierno.
No hay jugos sin refugio, sin favor de sombras y dolor de
fantasmas, sólo espejismos y alguna bondad
que el ave del delirio enreda.
Las malas conciencias rezan sobre las flores meladas
del amor.
Y la atención aún abre los colores.

RAYO DE CURIYÚ

Cómo has danzado en la batea azul verde esta noche.
Cómo has visto las ventanas arder en su lecho
y oído a sus caballos entrar al principio, al fin del origen.
Se ha sentado al borde de Dios la noche.
En el centro del monte,
el refugio canta al ausente en las flores secas,
es el paso hacia el invierno que acompaña tu cuerpo
de espacio en espacio,
es tu luz de frente,
tu ritmo de agua,
tu mudanza eterna.
Has cruzado la entraña de la isla,
la rama abierta del silencio
y a mi orilla has llegado como una plegaria,
al ojo lento del destino.

ROSA DE HIELO

Este invierno
y los grandes poderes ocultos.
Esta rosa de hielo abierta sobre las miradas,
este invierno que yo conozco por su cinta inviolable
de temperatura y junios.
Hablo de las nueces guardadas en un solo pensamiento tibio,
de la milagrería arrollada en la almohada
por los dedos impasibles del sueño.
Yo pude advertir que toda la alegría
había subido en ráfagas al recuerdo,
y no quedaba aquí abajo sino el redondo hueco del calor,
rondando la locura.
Por fin había caminado mi único sentido.
Había estrechado el corazón y la razón,
hilando fino el paso, apenas perceptible.
Este invierno,
con su dentada hacha rojiza sobre los árboles,
descalzo para la condición humana.

SECRETO DE LOS ALACRANES

En lo sagrado de un país flotante y de sus lunas partidas
comidas en la oración.
Mi rama donde florezco, muero y continúo, llama de sombra,
llama de árbol, constelación del dibujo y el pendiente
esclavo de las luces. Timbó astro de sombra de una pasada
razón.
En lo desierto de un país flotante y de su silencio especie,
desangrado al viento al aire, aire sideral, a la única
conciencia en brasas. Perdón, aves.
Donde se reabre el Ombú del Universo y crece el cielo
dentro de una botánica estremecida, que llega de los montes
del día, que avanza en la noche de la corriente.
Botánica cifrada, espinas de un vasto camino que habla al
oído de la estrella.
Yerbas buenas a medio nacer, soles, venturas crecidas a paso
de aguja.
Raíz donde florezco, muero y continúo…
Perdón, aves.
Donde las estaciones son la dirección del alma y un animal
muere como hoja seca y nadie crucifica las llagas de su nueva morada y nadie corta sus crines a los duendes
de la verdad.
Cuando la crisálida bebe su ídolo día tras día y la mburucuyá
abre su corona Cuzco del tiempo, su ultramar de abrazos,
gira el horizonte sin su ojo de calor y el Gateado de la luna
surca la niebla.
Cantaban los pájaros en altos pajonales.
Y el Gateado de la luna surca la niebla.
Cantaban sus preciosas ondas de cuál sabor desconocido en
la costumbre.
Perdón, aves.
Perdón, dolores de la dulce estación, por la marca de un
Testamento perdido, por esta llanura de mil cielos
despedazados hacia su más alta entraña.
Donde ríe ríe el pájaro del agua, oxígeno del fuego y su
larga memoria.
Donde sólo soy Alazán, una pequeña fuerza del secreto de
los alacranes y del pavor a la bruja de la resurrección.
De Manantiales que reinan

VESTIDO DE VUELO

Allá será verano ágil sombrero de rayos,
será un viaje de incienso verde trenzado de profundidad.
Feliz con el tesoro de pan tibio, devorado por las mañanas
al filo de alguna tristeza,
te vestirás para siempre de Universo con el amor de labios,
feliz de saber, de comprender que has andado mejor los
sueños en ancas de un milagro de azul noche.
Alguien como tú ahuyenta el cielo
con puertas que se abren solas,
y violencias de sol sobre los ojos.
Alguien se viste de vuelo en su sangre
y tú ya no sonríes.
Aquí en las grandes ramas del silencio, sin fondo,
sin orillas, la tragedia apenas me ha vencido.
a Francisco Madariaga